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Mi historia con el arte es profunda y, aunque mi camino se definió de forma sorpresiva, siempre estuve vinculada a él: crecí rodeada de creatividad gracias a mi abuelo —pintor, médico y escultor— y a mi familia. Desde chica me la pasaba dibujando y pintando, casi sin darme cuenta de que ese mundo ya me estaba eligiendo.
Me moviliza pintar. La explosión de color en mis cuadros refleja mi temperamento y mi forma de ser. Mi proceso es instintivo: comienzo con una idea, pero el cuadro va proponiendo el rumbo y me desafía a cada paso. Mi interior aparece de manera espontánea, sin racionalizar, y me permite jugar con técnicas y materiales para expresar lo que llevo en la cabeza. Si tuviera que resumirlo, diría que el arte es mi pasión.